viernes, 30 de noviembre de 2018

Reconocimiento universal


Las batallas

Qué sería de las amas de casa sin esos triunfos sobre tareas cotidianas que con frecuencia nadie reconoce, hasta que ella lo menciona: los vidrios de las ventanas limpios, las manchas que no cedían con nada, y ella logró quitarlas; esa cazuela que parecía haber quedado inservible, de nuevo reluciente; la ropa que estaba para convertirse en trapo de limpiar, con una nueva vida; los pisos sin pelusas y sin manchas; los baños limpios; las sábanas cambiadas cuando se requiere; el guiso delicioso hecho con lo poco que había en el refrigerador o con lo que el exiguo presupuesto permitió comprar; la transformación de las sobras en un nuevo platillo; el postre rápido y sencillo, pero exquisito; la ropa siempre lista y no sé cuántas tareas más que seguramente cada una tendrá en mente. Pues para todas ellas clamo por el reconocimiento universal aquí y en China por lo hecho y no por lo que falta, eso sí que lo notan. Lo pido simplemente por salud mental y emocional, porque sin reconocimiento ni notoriedad en esas tareas en apariencia irrelevantes viene la frustración y con ella la amargura de la mano del enojo y del semblante sombrío, el ceño fruncido, las comisuras caídas, la mirada iracunda y nadie sabe por qué y se pregunta qué le pasa a esa mujer que no hace nada más que dedicarse al hogar. ¡Poca cosa, claro! Encima las quieren sonrientes y sensuales, versadas en actos cuasi circenses en la cama, pero con recato, porque ¿dónde habrá aprendido eso?

   ¿Por qué estás enojada? Tu vida es tan simple, no sabes lo que es trabajar. Ya quisiera estar como tú nada más en la casa y de brazos cruzados. Y entonces una rabia inmensa y efervescente va subiendo por dentro, pero –es una lástima- con frecuencia es atajada cuando está a punto de explotar. Debería dejarse salir para explicar por qué.

   Milagros es lo que cada día tienen que hacer. Milagros, porque hay quienes además tienen un trabajo con remuneración, porque el otro, según muchos piensan, no aporta nada a la familia o al hogar y además es su obligación. ¿Pueden nombrar más de esas tareas llevadas a cabo en la sombra, pero sin las cuales una casa (no hogar, o bueno, también) no funciona? A lo mejor yo estoy mal de la cabeza. A ver, tiren la primera piedra.

Y aquí su taco de ojo:
Era verano


miércoles, 28 de noviembre de 2018

T t t t trabajo


Sesuda reflexión sobre la vida laboral. Ahora sí estoy tratando de escribir más seguido. Ahora a ver si me leen. No sea que se cansen.

El trabajo en casa

Yo digo que el trabajo no debe llevarse a la casa. Claro, hay casos como el de los profes, que a fuercitas se lo tienen que llevar. Si tuvieran un espacio como tales en las instituciones, tal vez no se llevarían nada, pero pasarían mucho más tiempo ahí. El asunto clave es que uno decida cuánto tiempo le ha de dedicar. Si es lo más importante para uno, supongo que no hay límites, y habrá de ir con él a donde vaya: ya sea la casa, cuando va de visita o incluso al lugar donde vacaciona, que entonces ya deja de serlo para convertirse en una sucursal de la oficina; si es éste el caso, también pasan a segundo plano la familia, la pareja, los amigos, las diversiones, porque el trabajo suple a todo lo citado. Si no lo es tanto, pero es importante por ser la fuente de ingresos y le gusta, habrá de dedicarse en cuerpo y alma las horas necesarias, sin caer en el extremo de llevarse la chamba doquiera que se vaya, ni en ponerse de mal humor por el hecho de no estar en la dicha oficina o el sitio de la labor, que no necesariamente se tratará de una oficina, pero puesto que en los tiempos de la burocracia es el sitio de trabajo por antonomasia, valga como modelo. Decía, pues, que si el trabajo es muy importante, tampoco se trata de olvidarse del mundo exterior. Es cierto, se trabaja por un salario para poder sufragar los gastos del diario vivir: comida, un techo, ropa, calzado, transporte, y lo que haga falta; pero en mi opinión, de ahí a que resulte ser la actividad prioritaria en la vida, no creo que deba ser así, pues se corre el riesgo de también desaparecer para los demás.
   Hablando de trabajos, los hay ingratos que no reciben remuneración. Me refiero, por supuesto, al trabajo doméstico. Tan necesario, pero tan devaluado; tan indispensable, pero tan tedioso. Quien lo desempeña como fuente de ingresos, seguramente, aparte, lo tiene que hacer en su casa; ése, sin paga; o no lo hace, y su casa es un muladar –se dan casos-, mientras que las de los que le pagan son un espejo de tan limpias (ya se sabe que los dichos encierran verdades). No es que el trabajo se lleve a la casa, la casa es el trabajo y ahí está siempre; la idea es no hacerle caso todo el tiempo, pues de lo contario, no hay respiro. Y hay sin duda quienes se lo toman muy en serio y no paran: barren, trapean, sacuden, limpian vidrios y herrerías, techos y paredes; lavan ropa diariamente, la tienden, la recogen, la planchan y la doblan; remiendan, lavan la estufa y el horno, quitan el cochambre y las telarañas; desmanchan la ropa, lavan los trapos de la cocina, hasta lustran los zapatos de los demás; y si hay coche, lo lavan por dentro y por fuera; si hay alfombras las aspiran; si tapetes, los sacuden. Aspiran los sillones, si cuentan con ese aparato, o los sacuden y lavan con espuma; lavan las cortinas, los baños -¡los baños!, cómo olvidarlos- y cocinan. ¿Será tan placentero y no lo he notado? Yo prefiero chiquiteármelo, en todo caso. Cualquier trabajo, en dosis reguladas y medidas. Si no, ¿qué sería de la familia y de los amigos, de las mascotas y las aficiones? Se irían al carajo, qué duda cabe.

Imagen de archivo sin relación con el tema:

Un atardecer hace un par de meses


martes, 27 de noviembre de 2018

Me obligo

Muchas veces es necesario arrearse uno solo para hacer las cosas. O que lo arreen. Hoy le tocó a Peregrina (y no del Mayab), así que gracias, colega, excolega, mejor dicho, apóstol incansable de la educación (ella utiliza palabras más modernas, pero es lo mismo). Y es en serio: se la rifa y bien, con ganas. Solita se echa la soga al cuello, pero eso ya es otra cosa. El caso es que aquí está el texto de hoy y al final su pilón visual. Dejaré los preámbulos y a darle, que es mole de olla. Ah, no. Bueno, no importa, aunque sea si es un potaje de aspecto sospechoso en el que nadan pequeños bultos de sabrá dios qué. Lo dicho: a darle.


Desguanzamiento
Hay días en los que uno despierta y por alguna razón, nada lo anima a levantarse, pero se levanta. Ve uno la ropa y para vestirse, qué problema –del regaderazo ni hablar-, pero se baña y se viste. Arrastrando los pies va uno a preparase el desayuno y qué trabajo. “¿Qué desayuno?” Y venga igual a abrir el refri para ver qué puede incentivar el apetito, porque hambre no falta. Fffffff, qué sé yo. Pan, mermelada, huevos, frijoles, queso, leche ¡no hay nada!  Y haciendo un esfuerzo extraordinario, abre las alacenas: avena, café, azúcar, miel, semillas. ¡Qué se puede hacer con eso! Y con resignación, venga, a prepararse una avena, ¡comida de cárcel!, por favor: primero, tostar la avena, junto con las semillas de girasol y de calabaza, las avellanas y los arándanos secos (¿de dónde habrán salido?). Una vez que la avena empieza a desprender su olor, retirarla del fuego (o del calor, da igual) y añadirle la nuez moscada, el jengibre y la canela; todo eso se mezcla bien. No huele mal, para qué negarlo. Llevar el cazo a la llave del agua y añadirle un poco, luego otro tanto de leche y llevar nuevamente a la cocción. Ay, y a esperar unos cinco minutos: dos para que empiece a hervir y tres para que se cueza. ¿Tanto? Qué remedio. Y además hay que revolverle de cuando en cuando para que no se pegue. Y uno con esa energía casi agotada. Por fin pasaron los dichosos tres interminables minutos. Falta picar la fruta. ¡Noooo! Pues sí. Plátano y ya. Para qué más. A servirse, pues. Añadir la miel. Qué lata, está solidificada y no se deshace rápido. Ya qué. Oh, no, faltaron los cacahuates. Se los añadiré. A buena hora. En fin,  ya está. A comer. Se ve horrible, pero tengo hambre. Aquí va la primera cucharada... a sacrificarse. No está mal... En realidad tiene buen sabor... En serio que sabe bueno... Delicioso... Exquisito... ¿Ya se acabó? Mmmm, creo que sólo me hacía falta desayunar.

Y el día de hoy... He aquí la imagen sin más preámbulos (ya fueron muchos). Decidí que fueran dos:

Hace un año, con nieve

Este año, con hielo



jueves, 22 de noviembre de 2018

Hace tanto tiempo. Las soledades

Esto ha estado abandonado, lo sé. Y hoy, como hace muchos años, recurro nuevamente a la escritura para recuperar mi salud mental (espero). No voy a escribir algo nuevo hoy. Bueno, sí escribí, pero... no es para hoy. Eso sí, me encontré un texto que se quedó guardado, después de que había dicho que escribiría cada día 😂😂😂😂. No lo cumplí, es obvio. Pero hoy, abrumada por mis fantasmas, que se vieron movidos a molestarme porque unos demonios me quitaron el sosiego, recurro de nuevo a escribir para salvarme de la demencia. Mis hermanos siempre creen que exagero, pero no es así, que necesidad tengo yo de mentir. Qué más da. Recurro a escribir y agradezco a Sonia por tirarme de la manga para hacerlo (figuradamente, claro).
    Como dije, lo que escribí hoy no es para hoy, pero sí lo que me encontré, que es del año pasado. Me divertí entonces y me divertí hoy al releerlo. Espero que ustedes también. No se diga más. Arráncate, José Alfredo: Ya me canso de llorar y no amaneceeeee... Ah, no, perdón. Aquí está ya:


Las soledades
Cuando uno está solo, tiene varias posibilidades: una es disfrutar del aislamiento y del silencio, porque suele vivir con otras personas y regularmente no tiene un momento para gozar de la tranquilidad. Cuando esto llega a suceder, tiene todo el tiempo para pensar en cuestiones trascendentales como por qué se hacen pelusas debajo de la cama y de otros muebles; o de dónde entra tanta tierra y se posa en las superficies de muebles y objetos si todo está cerrado, fenómenos ambos que le dan a uno tareas tediosas, pero que si no se hacen nos hacen ver mal ante las visitas y pareciera que uno no hace nada; también podría preguntarse por qué se acumuló otra vez tanta ropa sucia si apenas hace dos días se echó a lavar y no había quedado nada en el cesto.
     Puede ponerse a bailar con la música a todo volumen sin temor a las críticas, o cantar a todo pulmón sin importar si desentona o escuchar las canciones que a nadie más le gustan. O no vestirse en todo el día y pasarlo en piyama de la cama a la cocina para picar algo y luego al sillón, ya sea para leer o para ver alguna película o pasando de sitio en sitio por internet o en la computadora con 10 ventanas abiertas; todo, a sabiendas de que no vendrá nadie a cuestionarlo a uno.
     Sin embargo, cuando esta soledad no es un respiro ni un descanso de la vida compartida con otros, puede irse uno por el lado trágico y pensar en el vacío que se siente justo por el hecho de que no hay otros; en la imposibilidad de hablar de ese silencio que hay o de los ruidos de la casa, del tic-tac desacompasado del reloj que barrunta que no está bien; de lo que se contempla por la ventana, del perro ajeno al barrio que pasó en la mañana; de un estruendo que se escuchó como a las 10, de una canción desconocida hasta entonces que pasaron por el radio, de lo bien que sabe lo que cocinó, del antojo de un agua de tamarindo o de un atole frío de ciruela o de un chocolate con pan o de un café con leche o de una paleta de coco o de arroz con leche. No puede decir “vamos a hacer nieve, encontré una receta y parece muy fácil”, simplemente porque no hay nadie. No puede contar lo que soñó o decirle a alguien que le duele la panza y ya lleva muchos días con ese malestar y que teme estar infestado de algún microbio mutante porque el hueco de la muela que no está es el conducto para que entren en su cuerpo toda clase de sabandijas microscópicas que lo van carcomiendo poco a poco por dentro, que se prenden de sus órganos como sanguijuelas, succionándole segundo a segundo la vida. Todo eso uno se lo tiene que guardar para sí, porque no hay nadie a quien confiárselo. Aunque… tal vez sea mejor, porque si se lo dice a alguien, esta persona va a empezar a decirle que se queja mucho, que todo se lo imagina, que no tiene nada y que las bestezuelas micrométricas que imagina no lo matarán, aunque tal vez sí le mermen un poco la salud. Tal vez no sea tan malo estar solo, porque si preparara esa nieve tan rica de la cual encontró la receta, tendría que compartirla con ese otro individuo y le quedaría menos. Tanto trabajo para que el otro se lleve la mitad, si lo único que hizo fue estar viendo, ni siquiera lo ayudó a mezclar un poco y qué decir del hecho de que no compró ninguno de los ingredientes ni fue capaz de sugerir que cooperaba para ello. Pensándolo bien, más vale solo que mal acompañado. (10 de julio de 2017.)

   Y para terminar, una imagen que no tiene nada que ver, pero que se ve bonita.



lunes, 3 de julio de 2017

Estar lejos

La ausencia
¿Por qué necesita uno de la gente? Antes de vivir en otro lugar al de la ciudad donde crecí, creía que por ser más bien solitaria, las personas que me rodeaban no eran importantes y no necesitaba de ellas (cualquier parecido con Help! es cierto). Cuando dejé esa ciudad, fue para trasladarme junto con mis hijos a otra, pero dentro del mismo país. Ahí notamos cuán importante era tener familia y amigos cercanos a quienes visitar. Quizá pocos iban a nuestra casa, pero nosotros sí solíamos ir a casa de mis hermanos –que son varios- o de mis amigas –que en ese entonces no eran tantas-; también visitábamos, a mis papás o mis hijos, a sus otros abuelos. Era muy agradable llegar y sorprenderlos, no sé si para bien o para mal, pero les llegábamos siempre de improviso. Nunca nadie nos hizo mala cara ni nos dijeron que les molestara nuestra visita. Bueno, en una ocasión me dijeron que mis hijos hacían desastres con los champús y demás productos del baño. Ellos dijeron que se trataba de experimentos. Nuestras visitas se redujeron por una autocensura o, mejor dicho, por una censura de mi parte, pero seguimos yendo.
     En la nueva ciudad –pequeña-, sí era la vida más fácil en el sentido de poder trasladarse con mucha rapidez de un sitio a otro sin padecer tráfico (ahora –lástima- eso ha quedado atrás también allí), era un placer llegar a cualquier punto de la ciudad en minutos e incluso ir y venir caminando a la escuela; mis hijos podían jugar en la calle sin temer al tráfico o a los robachicos (parece que esa posibilidad también se terminó, según se ve); había comida riquísima y muy barata, comíamos a reventar y deliciossamente por bastante poco. El aire era limpio y se respiraba con placer y era posible contemplar el cielo sin esa nata oscura que cubre con frecuencia la ciudad de México. Nos habíamos mudado a Xalapa y todo era perfecto, excepto la falta de la familia y los amigos a quienes visitar. Los echamos muchísimo de menos, pero nos repusimos un poco, sobre todo los niños, que hacen amigos con mucha mayor rapidez que los adultos; a mí me llevó bastante más tiempo, muchos años –cabe decirlo.
     Tiempo después, tuve la oportunidad de ir a estudiar a España. Había perseguido una beca durante muchos años, en donde fuera, pero siempre iban reduciendo la edad una vez que estaba a punto de alcanzar la que había como límite con anterioridad. Hasta que hallé una a mi medida. El tope eran 45 años y yo tenía 39, así que era perfecta para mí. Y la conseguí. Yo no podía creerlo. La beca incluía la manutención, pero no el traslado, por lo que tuve que recurrir a la ayuda de mi cuñado Víctor, a quien siempre le estaré agradecida. Él me dijo que nunca le iba a poder pagar. Yo le juré y perjuré que sí. Él tuvo razón y por eso seguiré reconociendo su generosidad, porque me lo “prestó” a sabiendas de que no se lo devolvería; imagino que la intercesión de mi hermana tuvo que ver, y también me siento en deuda con ella. Yo sí tenía toda la intención de devolver ese dinero, pero la verdad es que si alguna vez lo tuve, mi hermana me dijo que no era necesario y que mejor lo aprovechara en otra cosa.
     Todo este rodeo es para llegar al hecho de que aunque estuve solamente seis meses en España, lejos ahora también de mis hijos, fue muy difícil soportar la lejanía. En aquel tiempo no existían los medios instantáneos de comunicación aparte del teléfono y procuraba llamar a mis hijos  con cierta frecuencia; los llamaba a las 10 de la noche de Madrid, que en Xalapa eran las 3 de la tarde. Iba a una caseta telefónica cerca de la casa y platicaba con ellos lo que me duraba una moneda de 500 pesetas. Y como no podía hablar con otras personas, porque la beca no alcanzaba para tanto, escribía cartas todos los días: a mis hijos (una para cada uno, o sea, dos), a mis hermanos, a amigos, a vecinos, a exnovios, a expretendientes, a quien se me ocurriera. Algunos contestaban –nada más los parientes y los amigos, por fortuna- y otros, no. Yo esperaba con ansia las cartas de mis hijos y la que fuera. Incluso solicité catálogos para compras por correo con tal de que al llegar a la casa hubiera algo en el buzón para mí.
     Y no es que viviera sola. Compartía un departamento con la novia de un colega mío y de hecho era bastante cordial nuestra relación, pero estaba lejos de lo más querido para mí –mis hijos- y de lo que me era cercano y familiar. También resultaba un poco ajena la cultura. Tenía en común muchas cosas, empezando por el idioma, punto muy importante, la comida en cierta medida, el clima no era tan dispar, aunque sí el frío: fue la primera vez en mi vida que viví por debajo de los cero grados; también las construcciones más antiguas eran parecidas y muchas otras cosas que yo consideraba como “mexicanas”, pero hasta entonces me di cuenta de que no era así y entendí el arrasamiento que hubo cuando la Conquista: ¡no queda casi nada en la vida urbana del país! En el campo, un poco más, sí, pero por desgracia son consideradas por muchos como formas atrasadas de construcción o de vida, aunque en los últimos años ha surgido un deseo de revalorarlas y de rescatarlas. El trato de la gente me resultaba brusco y grosero; pero después de varios meses entendí que sólo es diferente y que nosotros en América en general (tuve compañeros de varios países del continente que me permiten afirmarlo) somos mucho muy ceremoniosos y las frases de cortesía abundan en nuestro trato, especialmente con desconocidos. La forma directa de los españoles era como una bofetada para nuestra circunspección y nos resultaba intolerable. Poco a poco fuimos aceptando las diferencias. Sin embargo, me hacía falta la familia, mis hijos –insisto- y esto lo padecíamos por igual todos. La ausencia pesaba. Algunos tuvieron la fortuna de recibir a sus hijos, esposos y otros familiares; a mí me visitó una de mis hermanas durante algunas semanas. Mi estancia sólo duró seis meses y el regreso me costó un poco: sin trabajo, sin dinero, con una deuda que entonces sí ya vi impagable, pero eso sí, con muchas ganas de ver a mi familia. Llegué en un momento difícil de la economía: en mi ausencia la inflación había desvalorizado la moneda y… ¡a enfrentarlo!
     Tres años después, se me presentó la posibilidad de ir a trabajar a otro país. Era una aventura, qué duda cabe, pero estaba la oportunidad de ganar suficiente dinero como para construir. Ya había comprado un terreno en abonos gracias a muchas horas de trabajo; y ahora la tan soñada, añorada y requerida casa se veía más cerca. Y me fui. Fueron dos años, con –afortunadamente- regresos periódicos, pero los primeros meses fueron muy difíciles, con somatizaciones de distinto tipo. Nuevamente la lejanía de la familia y de los amigos. Nuevo idioma, nueva cultura. Una cosa es estudiar un idioma en la escuela, donde en las grabaciones del British Council todo es clara y correctamente pronunciado y a una velocidad “prudente y otra es emplearlo ya en una situación real. Y a reaprender. No es que no sirviera lo que sabía, pero tampoco sabía todo lo que necesitaba. Y no hablo más que de la vida cotidiana: las compras, el saludo a los colegas a los vecinos o a los escasísimos transeúntes.
     Entonces ya había internet y fue lo que me salvó. Muchos me preguntaban “Cómo es allá” y para evitar escribir textos casi iguales de uno por uno, empecé con una especie de crónica de mi vida cotidiana y de lo que me resultaba sorprendente. Gracias a ello no perdí la razón. En el lugar donde viví, un minúsculo pueblo en el estado de Ohio en Estados Unidos llamado Granville, no había mucho qué hacer en el tiempo libre. Mis colegas tenían cada uno sus quehaceres y vida, y yo salía sobrando, o así me sentía. El transporte público no existía y yo me negué a comprar un coche, puesto que mi objetivo primordial era ahorrar lo más posible. Este pequeño sitio era, sí, muy hermoso, el pueblo en sí y el entorno, qué duda cabe. Conocí a varias personas con quienes todavía mantengo contacto no obstante los años que han pasado, pero era tal el aislamiento, que yo estaba segura de que iba a perder la razón. Escribir me salvó –estoy convencida-, porque me sentía comunicada con ese intercambio de crónica a cambio de respuestas y comentarios. Este nuevo medio electrónico me ayudó a mantener la cordura, porque la comunicación era, en muchos casos, inmediata; o casi, y siempre muy efectiva. Me mantenía al tanto de los demás (hijos, familia, amigos) y yo les contaba lo que veía, sorprendía, enojaba o maravillaba. Escribía casi a diario y eso me entretuvo, además de desarrollar más en mí una capacidad observadora, pues siempre pensaba en lo que les iba a describir a los otros. Procuraba utilizar el humor, aunque a veces, en momentos críticos, resultaba patética.
     Allí vi mi primera lluvia de estrellas y la única en mi vida con muchas, muchas. Tuve que caminar a un sitio boscoso donde no hubiera iluminación y en un sendero me topé con una familia de venados que por ahí era frecuente ver. Fue una experiencia increíble y siempre deseaba poder compartir lo que veía, oía, experimentaba con “los demás” y por eso escribía y escribía. Caminaba una hora y media para ir a la ciudad más próxima donde había cine o centros comerciales donde al menos podía ver más gente. En ese país las personas  casi no salen a la calle más que en coche, y si lo hacen, no hablan con los demás. Era difícil vivir en un sitio así, acostumbrada a las multitudes. Y claro, uno lleva sus complejos encima –es preciso decirlo-. El caso es que casi no tenía contacto con la gente de allá, salvo en mis clases con mis alumnos y en las horas de oficina con los colegas, pero poco más. Una vez, una colega recibió de visita a una amiga suya, luego nos hicimos amigas ella y yo, y en las horas en las que estábamos en la escuela, ella –me contó- se paseaba por el pueblo y pasaba un buen rato en un café. Decía que ya debía de estar aburrido el de la cafetería porque iba allí cada día. Estuvo unas cuantas semanas que le resultaron bastante difíciles. Y es así: no hay nadie en la calle, por lo tanto, si tú sales, no te cruzas con nadie, no ves a nadie, no hablas con nadie; ¡te enloqueces!
     Pero eso llegó a su fin y yo regresé con mis dólares para poder construir la mencionada casa. Fue un regreso distinto al de España. A mi vuelta tenía un trabajo, aunque no fuera el ideal y sin mucha paga; ello, gracias a una colega, que en ese tiempo estaba en un cargo que le permitía elegir a quienes darían cursos sin más trámite. Tenía dinero y mis hijos ya eran mayores. Y yo también. Regresé donde mis hijos, amigos y familia. Terminaba la nostalgia.

     Luego de un largo tiempo y muchas experiencias diversas, entre ellas el estreno de la casa, la mudanza de mi hija a un sitio lejanísimo aunque muy hermoso, el final de la carrera de mi hijo y nuestros roces producto de la cotidianeidad, una estancia de dos años en la ciudad de México para hacer un posgrado, una grave enfermedad, y a raíz de ésta mi decisión de volverme panadera, lo cual me volvió muy dicharachera y hablantina por citar lo más relevante, volví a irme. Y ahora estoy aquí, lejos otra vez, otra vez con esa necesidad de saber de mis allegados, con más amigos que antes y con muchos más conocidos. Con otros medios instantáneos para comunicarnos, pero no por ello más satisfactorios para mí. La ausencia es lejanía y eso es lo que vivo: ausencia de lo que me es familiar y lejanía de cuanto me es caro, incluyendo la tan anhelada casa, que está allá, con un par de gatos y una perra dentro, quienes seguro me echan de menos como yo a ellos, igual que yo a los árboles que crecen en el “jardín”, que de eso tiene poco, pero que tiene un suelo y clima benignos gracias a los cuales con enterrar una rama de otra planta crece una nueva casi sin hacer nada. Esto último, lo crean o no, me hace mucha falta. Me hace falta –y mucho- la risa y la sonrisa que me provocan familia, amigos y mascotas, y mi país en general, no obstante sus tribulaciones. (1-3 de julio de 2017.)  

jueves, 29 de junio de 2017

Ser extranjero

Vivir en otro país
Residir en otro país es muy distinto a estar en él como turista. Cuando uno va a pasear, está pocos días en cada sitio y va a eso, a pasear, a conocer los lugares famosos o notables, a ver museos; a probar la comida típica, y demás. Cuando vives en un lugar nuevo, antes desconocido, vas a vivir el día a día, la rutina y tienes todo el tiempo para permanecer ahí en las distintas épocas del año: te chutas todo el invierno o todo el verano, toda la temporada de lluvias, de calor, de secas o la de frío. Allí te das cuenta de lo poco que dura el buen tiempo y de que el invierno tiene un toque romántico si sólo durara unas cuantas semanas (de preferencia, dos); o al revés, que el tiempo fresco sólo dura unas semanas y el resto del año es un calor que puedes soportar sólo por unos días, cuando estás de vacaciones, precisamente.
     Vivir en otro país significa dejar a un lado todo lo conocido, si es que previamente no has estado ahí en repetidas ocasiones. Cuando te mudas a otras latitudes, distintas de las tuyas, requieres de un proceso de adaptación orgánico, quiero decir, que el organismo de uno tiene que asimilar la nueva geografía, aire y viento, temperatura, topografía, humedad, luz, oscuridad, estaciones, tipo de agua, vegetación, fauna, insectos. En una palabra, todo. Además, está la gente, lo que implica una cultura, una manera de vivir que, puesto que lo externo es distinto, también lo es la manera de enfrentar esas condiciones que el medio ambiente y sus depredadores –los humanos- imponen.

      Si el idioma es nuevo y no lo conoces, eso incluye un esfuerzo extra. Depende de qué tan familiarizado estés con él y también qué tan cercano es del propio. No sólo se trata de aprenderlo, sino de saber utilizarlo y tener la confianza para ello: hablar con los otros sin pasar por estúpido o por descortés o por fatuo. No es cosa pequeña y no hablo sólo por mí, hablo por la experiencia de otras personas que están o han estado en esta situación. Claro, hay quienes pasan de largo de todas estas vicisitudes y son de esos plumajes que cruzan el pantano sin siquiera una manchita (qué jalado ese dicho), pero no es mi caso. Llevo dos años aquí y todavía no le hallo a muchas cosas. A veces me parece que soy capaz de pasar de largo de todo; y otras, las más, no puedo y me pesa como una inmensa loza cual la del Pípila.

viernes, 23 de junio de 2017

Versión completa

El texto anterior, el del Espíritu gozoso, que según inscribí en un concurso, por alguna razón desconocida no aparece en donde se supone inserté la liga para participar. Y ni modo. El caso es que para poder ajustarme a la convocatoria, tuve que editar el texto original de este relato, porque el máximo de extensión era hasta de mil palabras. Y venga a corte y corte hasta que llegó a novecientas y pico. Pero me gusta más la versión larga y aquí va. Algunos lectores ya la conocen salvo algunas correcciones gramaticales mínimas:

Espíritu gozoso

Yo había oído hablar de espíritus burlones y chocarreros, pero no de otro tipo, yo diría que me ha tocado uno… gozoso. Sí, ésta es la palabra. No es que se me aparezca y lo vea, pero sí lo percibo, lo siento. La primera vez que “se presentó” —no puedo decir que se apareció, porque no lo he visto— estaba yo en la bodega. Claro, es un lugar propicio, pues está llena de trebejos y cosas viejas. Ni tan viejas, pero sí muchas de ellas inservibles y, según he leído, es un sitio tradicional para este tipo de manifestaciones, pues, parece, a este ser le gusta seguir ciertos cánones. Tampoco puedo opinar con sustento, porque no soy afecta a leer tanto sobre estos fenómenos y en mi ya mediana vida es la primera vez que lo vivo, así que mi experiencia se reduce a estas todavía contables ocasiones.
   Decía que la primera vez que sentí la presencia de este espíritu gozoso fue en la bodega. Estaba yo buscando un pedazo de cable, de esos que guarda uno —bueno, yo— constantemente, y que cuando se necesitan, desaparecen. Ya ahora estoy pensando si con ello no tiene que ver este espíritu, que a lo mejor en ocasiones sí es chocarrero, es decir, de los que acostumbran burlarse de las personas.
   El caso es que estaba yo en mi afán de búsqueda, pero al fin me di por vencida, pues donde según yo podían estar los trozos de cable, había trozos de tubo; y donde pensaba que estarían los trozos de tubo, estaban los pedazos de azulejo; y donde creía que había ordenado con todo cuidado esos pedazos, estaban unos trapos viejos. Después de ver ese triquerío me di cuenta de la cantidad de cosas que se van acumulando con el tiempo. Esa bodega no tiene más de cuatro años en funciones; antes no la tenía, por lo que no solía guardar tantas cosas, pero ahora estoy convencida de que entre más espacio tiene uno, más objetos pone en esos sitios.
   Pero volviendo al asunto del dichoso espíritu, resulta que una vez que no encontré nada, puse las bolsas y cajas en su sitio, no sin antes prometerme recordar qué había en cada una y el lugar donde las dejaba. Eso me estaba diciendo, cuando me di la vuelta para ir hacia la casa y de pronto, algo se interpuso en mi camino; me asusté, por supuesto, porque no veía nada, pero sí sentía la presencia de alguien, que incluso por algunos instantes bloqueó la luz que entraba por la puerta. Obviamente, me quedé paralizada. Pero lo más impresionante y que casi no puedo ni mencionar por el impacto que en mí causó, fue que sentí cómo me tomó en sus brazos y me besó con fuerza en la boca; cómo su lengua entró en m boca y rebuscó por todos los rincones yo no sé qué que seguramente se le había perdido y pensaba que yo lo tenía allí dentro. Además, lo que imagino que fueron sus brazos, me apretaron con fuerza por la cintura e intentó meter su mano en, digamos, mi espalda baja, para no resultar soez ni vulgar. Eso duró unos segundos, instantes, qué sé yo. Y de pronto… ¡nada! Lo que vi frente a mí, en el umbral eran los dos gatos y la perra, sentados en fila mirándome con curiosidad, ladeando la cabeza hacia uno y otro lado. Y nada más. Yo salí de ahí como si nada, tratando de disimular no sé ante quién y no sé qué, porque en realidad, ¿qué podía decir que había pasado? Nada, si no había nada y ni siquiera los animales, que, dicen, tienen unos sentidos más agudos que los humanos, hicieron ruido alguno aunque estaban tan cerca. Así fue la primera vez.
   Otro día, estaba yo fregando los trastos de la comida, de no muy buen humor, para qué voy a mentir, pero sí con afán de terminar pronto y dejar ordenada la cocina, que es el sitio de la casa que menos tiempo dura recogido y limpio. ¿A poco no? Nadie me dejará mentir. En cambio, los que digan que es falsa mi afirmación, estarán pecando contra el… mandamiento; ése, el… No sé qué número es, pero dice: “No levantarás falsos testimonios ni mentirás.”
   El asunto es que estaba yo friega y friega los platos, los vasos y demás instrumentos de cocina, cuando de repente, siento un aliento en la nunca. Me quiero dar la vuelta para ver quién es, y siento unos brazos que se deslizan por mi cintura y me estrechan contra un cuerpo que siento pegado completamente al mío, pero que no puedo palpar con mis manos. Esto ya fue el acabóse, porque ahí sí que no sabía yo ni qué pensar. Claro, lo primero fue el recuerdo de la bodega, que por cierto hacía varios meses que ya había dejado en el olvido, pero que en ese momento era como si acabara de suceder. Yo creo que era esa misma presencia y por eso digo yo que es un espíritu gozoso, porque qué casualidad que nada más tiene esas inquietudes carnales. Pero igual que la vez anterior, fueron unos instantes, no puedo decir cuánto tiempo, y cuando al fin me pude dar la vuelta, ahí estaban otra vez los gatos y la perra, sentados, mirándome con extrañeza, hasta como con una sonrisilla, ladeando la cabeza como si no sé qué hubieran visto. Yo nada más les grité: “¡Qué!” Y seguí con mis labores, tratando de disimular antes ellos –si no había nadie más- mi arrobamiento, pues de piedra no soy.
   Yo no le había dicho nada a nadie, porque no es tan sencillo que le crean a uno estas cosas, pero ayer sí ya fue el colmo y de alguna manera tengo que desahogarme. Porque no ha sido un hecho detrás de otro, no señor, han pasado meses suficientes entre uno y otro como para que yo ya no esté prevenida. No es fácil enfrentar estas situaciones, más siendo uno mujer de edad madura. Es problemático, es un conflicto existencial-psicológico-ético-emotivo, no es tan simple enfrentarlo y mucho menos salir con salud mental de él.
  Pero como decía, anoche sí fue el pináculo: los martes son días de más carga de trabajo que los demás y, justamente, hoy es miércoles, de manera que ayer cuando llegué, lo único que quería era merendar tranquilamente, ponerme mi piyama, leer un rato y dormir a pierna suelta. Así que, no bien entré, dejé mi mochila donde siempre, prendí la estufa para calentar mi cena; vi la tele un rato mientras cenaba, apagué las luces y me subí a mi pieza. Siempre lo hago a oscuras porque el dichoso electricista, quien lo único que quería era ver si pegaba su chicle conmigo, hizo mal la instalación y no se puede encender abajo y apagar arriba, como en todas las escaleras modernas, de manera que subo contando los escalones para no caerme, pues es de todos sabido que en cuanto se apagan las luces no es posible vislumbrar las formas aunque haya un reflejo de luz de la calle, sino hasta después de un rato. Siempre, cuando estoy sola, subo así. Y anoche fue una de esas ocasiones. Y como sucede entonces, enciendo la luz hasta que estoy arriba. A veces incluso cierro los ojos para ver qué se siente estar ciego… y hasta ahora  no me he caído.
   De verdad que estaba agotada, hecha pedazos. Así que ya casi ni leí nada, pues los ojos se me cerraban al segundo párrafo, por lo que decidí dejar el libro, apagar la luz y descansar plenamente. Por cierto que llovió. Cómo ha llovido, apenas tuvimos tres días de tregua, pero anoche otra vez la lluvia. Claro, así de noche ni quien diga nada, porque hasta arrulla el agüita. Ay, qué rico.
   Pero estaba yo con ese asunto del espíritu gozoso. Resulta entonces que desperté a media noche, qué sé yo, serían las dos de la mañana para ir al baño, y lo primero con lo que me topo fue con los tres animales, formaditos, sentados esperando no sé qué a esas horas de la noche o de la mañana, como quieran… Me altero nada más de recordarlo. Ya algo barrunté, pero no quise prejuiciarme. Fui al baño con miedillo, pero no pasó nada. Regresé a mi cama más tranquila. Pero los animales ahí seguían… como quien dice, en primera fila. Y sí, el dichoso ése hizo acto de presencia… Yo no voy a contar más, piensen lo que quieran, con lo que me he desahogado es suficiente para mí.